Sueño, desvelo, de pronto dolor intenso, cuatro patas, salto de la cama. ¿Será?
¡Hay sangre! será, será…? Muy fuerte, demasiado profundo, ¡Es!
‘Futuro papá, necesito un abrazo’
Ducha, agua caliente cayendo por mi tripa redonda una última vez. 
Va muy rápido, empiezan las prisas.
Papeles, tarjetas, la bolsa blanca de Tuc Tuc con tu ropita.

Salimos de casa, ascensor, cóctel de nervios, ilusión, susto y alegría.

Coche, otra contracción fuerte, otro abrazo, el vigilante nocturno nos saluda.

Una hora de parto, el reloj digital del Focus me alerta: contracciones cada 3 minutos
Estamos solos en la oscuridad, sólo un coche de policía rompe el silencio de Av. de Andalucía. Llegamos al hospital, ¡Aquí estamos! Cuantas veces imaginé este momento los últimos meses. La entrada de la maternidad está llena de gente matando los nervios a base de caladas, me mirán, intento bajar del coche con dignidad, el último arranque de ego de esa noche.

Avanzo hasta admisión, imprimen pegatinas con mi nombre, me dan conversación, sonrío, pero no estoy para charlas, con la mirada busco un asiento al que agarrarme antes de la siguiente contracción, no hay nada. Suspiro, papá está aparcando, no habrá abrazo.
Por fin una celadora, me acompaña a urgencias, me pregunta que por qué estoy allí. Hahaha ¡Mi ‘tipín’ la ha engañado!  

Sala de espera, antes de poder sentarme, me llaman por megafonía, paso, me explora una matrona, uff, me hace bastante daño, una enfermera encantadora intenta distraerme hablandome sobre ti. Es oficial, estoy de parto. ¡Enhorabuena! Te vamos a ingresar. Me hacen entrega del kit oficial de parturienta, pulsera identificativa y camisón XXL de lunares rojos. Papá por fin llega, nos miramos, esto va en serio.


¿Han dicho 4 cms? Ya llevo casi la mitad, que fácil y rápido, esto está chupado…¡¡Pedazo de ingenua!! Nos acompañan a dilatación, una habitación para nosotros solos, pienso en quién me atenderá, pidó con todas mis fuerzas que sea agradable. Aparece una chica muy joven con un piercing muy discreto en la nariz, se presenta como mi matrona, me parece muy dulce, me pregunta que idea de parto tengo. ‘Quiero que sea  natural, no quiero epidural’ Me sonríe, me relajo.

Te voy a poner una vía, te va a doler. Efectivamente. Nos monitorizan, comienzo a escuchar nuestros ritmos y ver la intensidad de contracciones impresas en un papel.  Estando de pie, abrazada al cuello de papá, respirando como me enseñaron en preparación al parto, las contracciones se sobrellevan sin anestesia. Todo va bien, me encuentro fuerte.

El monitor pierde tu ritmo constantemente. ¿Te mueves mucho o este aparato no funciona?  Me piden que me tumbe un rato para observar tus latidos, si no tendrán que ponernos un monitor interno. Me tumbo, horror, en la cama el dolor no se aguanta, comienzo a encontrarme mal, frío, tiritona, fiebre, vómitos, dolor. Empiezo a notar que las fuerzas flaquean, las contracciones se ralentizan. 

Pasan las horas, dilato muy lento, me dicen que así no puedo estar mucho tiempo, los ginecólogos creen que es demasiado. La matrona nos dice que siempre intenta llevar los partos como las parejas le piden, pero que en este caso ya son muchas horas, me dice que he tenido suerte de estar esa noche sola en dilatación, porque así han podido dejarme más tiempo y estar muy pendientes. Amenazada mi idea de parto natural pedimos más tiempo, para poder levantarme y volver a caminar. El ginecólogo,  que me parece un chavalito de 20 años, me pone mala cara, pero nos da un rato. Me levanto, salimos al pasillo, intento caminar, ya no puedo, el tiempo tumbada en la cama hace mella.


Acepto la situación, estoy exhausta, llamo a la matrona, le explico que no puedo andar, no puedo con mi cuerpo, me dan dos opciones: romper la bolsa porque esto suele agilizar el parto u oxitocina. He leído bastante sobre esto en el embarazo y no estoy conforme con ninguna de las dos, pero esto no avanza desde hace horas y estoy al límite de mis fuerzas. Me dice que si quiero que sea más natural podemos intentarlo primero con la bolsa y la oxitocina como último recurso. Aceptamos barco, pido la epidural. Mi idea de estar consciente en cuerpo y alma se va al traste. Me pregunta si estoy segura. ‘Lo estás haciendo muy bien’. ‘Estoy convencida’.


Viene el anestesista, me da la sensación de estar dormido. ¡Ay Dios, por favor que lo haga bien! Él y la matrona se ponen batas y gorros verdes, le piden a papá que salga, me pincha, no me duele.  Me dicen que las complicaciones se ven al instante y ha salido todo bien. El anestesista se sienta y espera a ver si me hace efecto, se frota los ojos, definitivamente está dormido. ¿Cuánto tarda en hacer efecto? ’20 minutos’. Comienzo a notar un líquido frío que baja por mi cuerpo y en unos segundos mi piernas comienzan a dormirse. ¡Qué rapidez!  Los dolores se van de un plumazo, me vengo arriba. ¡Estoy eufórica, daría saltos de alegría si no fuera porque tengo las piernas dormidas! Papá sin embargo está hecho polvo, ha estado en cuclillas al lado de mi cama ayudándome y dándome ánimos toda la noche, ahora que estoy mejor se sienta en el sillón y se medio duerme.


Vienen a verme, me rompen la bolsa, por suerte no noto nada, la matrona me dice que cree que he hecho lo correcto con la epidural porque esa manipulación es muy dolorosa, me dan unas horas, no avanzamos, no queda otra que la oxitocina. Para querer un parto natural me estoy llevando el kit completo de intervenciones.  Desde mi cama oigo al ginecologo-chavalito de 20 años hablar en el pasillo, se está metiendo conmigo por no querer la oxitocina. ¡Tío como vuelvas a entrar en mi habitación, te vomito encima! También escucho como  la matrona sale en mi defensa. 

Debe ser de día porque hay cambio de turno, vienen los de mañana, se va mi amigo ‘gine’ y la matrona me desea que vaya todo bien. ‘Me enteraré de cómo ha ido todo por mis compañeras’. Le doy las gracias por todo.


Seguimos sin demasiadas contracciones, me dicen que es pronto, segunda bolsa de oxitocina. Me dan dos horas para terminar de dilatar y dos para el expulsivo. Ahora ya si que me estoy preocupando, empiezo a pensar que esto acaba en cesárea. Para colmo se pasa el efecto de la epidural, pido nuevo chute, la matrona residente (¿Se dice así también para las matronas?) me dice que mejor aguante que si no no voy a poder empujar bien y así será más corto. ¡¡Ostras, lo que me faltaba, me lo está diciendo en serio?? como le explico que la new age en contra de la epidural soy yo!! ¡¡Eh, señorita que yo quería un parto natural y he estado seis horas dilatando sin anestesia, hasta que han empezado a meterme mano y esto ya no se aguanta!! En fin con la tontería vuelvo a estar con muchos dolores un buen rato. Viene la matrona jefe y llama al anestesista, viene otro chico distinto con un pendiente de coco, éste está despierto y me pone otra dosis. ”Si necesitas cualquier cosa me llamas’. El mundo vuelve a ser maravilloso, ‘ Os quiero a todos, pero al anestesista más’.


Mirando el monitor parece que las contracciones son más seguidas e intensas. ¡Gracias! Sigue corriendo el tiempo, me dicen que estoy completa, no me lo puedo creer. Papá de la criatura, mira comienza a verse la cabecita. 

Viene a verme todo el equipo médico, me dicen que tienen que monitorizar al bebé de forma interna, les digo que intentaré no moverme, no me gusta nada la idea, me dicen que tengo que estar cómoda y moverme lo que necesite, pero que tienen que controlar al bebé. El gine de mañana me sonríe y me guiña el ojo. Mosqueo.

Proceden con el monitor interno, pasa un rato, de pronto viene una enfermera: ¿Te has movido?. No. Se va. Más mosqueo.Viene mi matrona: Ya estás lista, te vamos a llevar al paritorio. Le preguntan a papá si quiere entrar conmigo, dice que si, le dan una bata verde y un gorro, veo como se lo pone mientras me llevan. Entonces me doy cuenta, algo no va bien. Vienen médicos, matronas y enfermeras corriendo como locos por el pasillo tras mi camilla, me asusto, entran todos conmigo. La matrona se lamenta: ‘Mira que íbamos despacito, al final tiene que ser corriendo’ .

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Imagen de Mariana Ruiz Johnson del  Libro ‘Mamá’

En el paritorio siento la tensión y las prisas, no me quieren decir nada,  regañan al celador que no atina a colocarme,  se levantan la voz entre ellos, se lamentan del instrumental y los recursos, ‘así no se puede trabajar’, a mi me hablan con mimo. Los dos ginecólogos que me 

examinan hablan muy bajito para que no los oíga. Escucho varias veces la palabra  ‘Hemorragia’. Siguen examinándome.  Después de un rato, venzo el miedo y  saco el valor suficiente para preguntar. Han descartado la hemorragia. Viene papá.

Me piden que empuje, lo hago con todas mis fuerzas, una y otra vez con cada contracción, no las siento por la anestesia y el equipo médico y papá me dicen cuando debo hacerlo. Papá no se corta, a pesar de todo el personal sanitario que está allí con nosotros, ejerce de ‘entrenador’ tal y como le enseñaron en preparación al parto, lo agradezco mucho, me ayuda con las respiraciones.  Una chica rubia encantadora a mi derecha me ofrece agua con una gasa.

Me dicen que ven tu cabeza y el pelito ‘Es rubio’ pero no terminas de salir, estás encajado.
Pregunto si es porque no empujo lo suficiente, no lo sé porque no puedo sentirlo. El gine me dice que saben que empujo con toda mi alma, pero ese no es el problema. ‘Te vamos a ayudar’.  ¿¡¿Ayudarme cómo?¡? Nadie me contesta, al final la chica rubia encantadora me dice que usarán fórceps o ventosas.  Van a por el instrumental. Me tocan la pierna para ver si la siento y la anestesia sigue funcionando, se ponen todos mascarillas y a mi unos protectores verdes en las piernas y traen una bandeja con mucho instrumental. En ese momento mi cerebro desconecta.

Miro la ventana, me encanta la luz natural que hay en el paritorio, hace que me sienta mucho mejor, frente a mi una puerta de aluminio con una parte de cristal con una vidriera dibujada. Comienzo a contar: Uno, dos, tres, ocho personas + papá están allí, tres apoyadas en la ventana, serán estudiantes, me miran muy interesados. Dos gines, el que me atiende, un chico moreno muy majo con gafas negras  de ‘Dolce & Gabanna’ y una mujer con carácter, que me da la impresión de muy profesional’. Miro su identificación. La rubia encantadora lleva en la bata un alfiler con una muñeca vestida de enfermera. Me fijo en ella. Una morena, a la que le cae la bronca por las tijeras que trae, pone mala cara. El resto los tengo borrosos. Tengo hambre, iría a la cafetería y me tomaría un café con tostadas. ‘Querido cerebro, no quiero mirar lo que están haciendo y la evasión es buen mecanismo de defensa, pero..¿En serio estoy ahora mismo pensando en comer?’.

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Imagen de Holly Sierra


Una enfermera interrumpe mi dialogo mental, me preguntan si te daré el pecho y si quiero que te pongan en mi tripa. ¡Siiiiiiiiiiiiiiii!, entonces me abren el camisón, descubriéndome la panza. ¡Eso es que ya estás casi aquí! ¡¡¡Y entonces apareciste!!! y las lágrimas me inundaron, te pusieron en mi tripa,  piel con piel y jamás podré olvidar como abriste tu ojo derecho y me miraste. 14 horas y media de parto, un bebé precioso, dos padres emocionados. Ya nada más me importa.




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